viernes, 14 de agosto de 2009

LA DIARIA - Montevideo 20-5-09
cultura -artes visuales

La tremenda fascinación del sincretismo

Lo que Rudolf Otto sistematizó
en un cardinal libro de 1936, Lo
sagrado, ya lo había intuido Michel
de Montaigne en sus Ensayos
casi 400 años antes: “los hombres
creen en lo que menos entienden”.
Para Otto una religión alcanza
el pleno éxito cuando está
basada en un misterio inaudito
que aguijonea despabiladamente
el lado irracional del individuo.
Pero ese misterio tiene que ser
“bipolar”, o sea un mysterium a
la vez tremendum (aterrador) y
fascinans (fascinante): de hecho,
la hodierna (actual) lejanía -física
y cultural- que nos separa de
las religiones africanas magnifica
aun más su enigma favoreciendo
una recepción al mismo tiempo
miedosa y (aparentemente) irresistible.
Sobre la introyección de los
elementos y “personajes” espirituales
de África en los países
americanos fueron escritas bibliotecas
en todos los rubros,
desde la antropología a la literatura,
en algunos casos hasta
llegar al mainstream (como el
acervo de voodoo hollywoodiano
de la New Orleans pre Katrina),
y es obvio que el arte también
se alimente de ella. La muestra
Dueños de la encrucijada, hasta
mañana todavía en el Blanes, es
un viaje a través de obras visuales
inspiradas en las encarnaciones/
reelaboraciones rioplatenses de
rituales africanos, concentrados
en los dos dioses que más “hechizaron”
a argentinos y uruguayos,
sobre todo, como explica Alejandro
Frigerio en el catálogo, a
aquellos en condiciones sociales
difíciles: Exú (una especie de diablo)
y Pomba Gira (básicamente
su contraparte femenina).
El esqueleto de la exposición
son las fotos, de diferentes altares
encontrados en Montevideo
y Buenos Aires, sacadas por Guillermo
Srodek Hart. En ellos, más
allá de las figuras en yeso o madera
de las divinidades mencionadas
(algunas también presentes
en el museo) se puede encontrar
literalmente de todo. El sincretismo
es total: cualquier ofrenda es
admitida y la entrada en juego de
productos de consumo con marcas
y específicas características
industriales (principalmente licores
y cigarrillos) nos catapulta
en un culto definitivamente instalado
en época tardocapitalista.
Al lado de imágenes clásicas de
la religión cristiana, de botellas y
copas vacías y llenas, se amontonan
velas, alhajas, flores, frutas,
muñecas, sombreros, abanicos,
calaveras.
Visualmente, representando
universos de objetos usualmente
ajenos entre sí, las fotos resultan
de lo más llamativo de la exhibición
y enmarcan bien a las demás
obras de artistas de ambas orillas
llamados a meditar sobre el tema.
En ésas prevalece -casi forzosamente
dado el trato demoníaco
del asunto (aunque, nos explica
Frigerio, de un demoníaco “bueno”)-
el rojo. Rojos son los tres
paneles sencillos con símbolos
colgados del techo de Guillermo
Zabaleta, rojos los cuernos de la
eficaz imagen-señal de Nico Sara
y roja la carpa que repara a una
especie de cordero negro en la
escultura para-kitsch de Dany
Barreto, solución que no puede sorprender,
porque las fuentes
iconográficas de estos cultos se
basan en una acumulación de
estímulos visuales (por ejemplo
la Pomba Gira recalcada sobre
la Venus de Botticelli o la presencia
de cuerpos de mujeres en
poses pin-up) extrapolados de
otros contextos y re-significados,
que Hermann Broch o Clement
Greenberg hubieran sin duda
definido como kitsch.
Los videos de Anabel Vanoni
y Ángela López Ruiz proponen lecturas
de los rituales kimbanda (los
más frecuentes del Río de la Plata)
entre teatro y trance, mientras que
la confección en clave soft (tela rellena)
de las llaves alegóricas de
todas formas y tamaños por mano
de Melina Scumburdis convence
por lo anti-convencional del material empleado.
Convencen también
los genitales zoomorfos del
cuadro de Marcelo Bordese, que
capturan finamente la fuerte carga
sexual de esta religión.
El resultado final, y con mayor
razón si es acompañado conmael
libro/catálogo, resulta extremadamente
estimulante, tanto a
nivel sociológico como artístico.
Un poco extraña la falta total de
reescrituras críticas o por los
menos satíricas del culto (quizá
con las tímidas excepciones
de la gran puerta decorada con
cuernos, esqueletitos y diablo
de Gustavo Tabares y la esquematización
de la divinidad en
estilo graffiti de Diego Perrotta):
mientras que a nivel internacional
los artistas suelen cuestionar
las religiones (si bien casi
exclusivamente las “oficiales”),
a veces hiriendo a los creyentes
pero también abriéndoles los
ojos, acá nadie intenta ese camino.
El mismo León Ferrari, quizá
el artista a nivel mundial que en
su larga carrera más ha fustigado
el catolicismo, se limita aquí,
en una sorprendente obra, a enjaular
una mesnada de vírgenes,
Jesús y santos, dejando afuera
-vigilantes- a cuatro cuidadosos
Exú. ■

Riccardo Boglione

No hay comentarios:

Publicar un comentario