AMBITO FINANCIERO - 14 de septiembre de 2007
Por: Laura Feinsilber
El arte en Salta, un territorio sagrado
La muestra conjunta de Juan Batalla, Dany Barreto y Mariano Cornejo se titula «Territorios sagrados». Sagrado es lo que cada uno de ellos ejecuta porque así es la actitud con la que se han volcado hacia el arte y que se expresa a través de individualidades bien marcadas. Sagrado siempre fue el territorio de Juan Batalla (Buenos Aires, 1967), desde sus efímeras acciones en la arena que remitían a deidades africanas, las relaciones entre la contemporaneidad y la religiosidad popular, el sincretismo religioso en Latinoamérica, fruto de sus investigaciones que también están plasmadas en libros de la Colección Arte Brujo, hasta sus actuales esculturas, relieves e instalaciones.
No importa descubrir que el material que utiliza recortes de neumáticos de bicicleta carezca en sí mismo de aura alguna, lo que importa es cómo Batalla ha logrado dotarlo de magia, empezando por el negro ominoso, la composición de los fragmentos que se entrecruzan en una suerte de trama compacta, o la elección de formas como el círculo, símbolo de la perfección o la eternidad. Entre las obras destacamos «El Bosque de los Ancestros», instalación de medidas variables, compuesta por aros que sostienen un determinado número de tiras, un conjunto espectral enfatizado por la adecuada iluminación.
Dany Barreto (Buenos Aires, 1966), investiga acerca de un arte que en la calificación de cierta crítica es considerado «arte bajo». Se trata de los altares populares, verdaderas instalaciones realizadas por los devotos a sus santos populares, un ejemplo de ello es el «Gauchito Gil», que se encuentra a la vera de los caminos y que entra dentro de la categoría del kitsch, de lo sentimental y hasta del mal gusto pero que ostenta el carácter de auténtico.
Barreto elabora esta situación, no sin ironía, también con ternura, apelando a la iconografía de este santo popular, exacerbando el rojo dominante a través de texturas brillosas y esmaltadas. Otras imágenes religiosas están rodeadas de velas u otros símbolos fetichistas con los que se los venera y los hace entrar en el campo de la estética.
Salta es territorio sagrado para el salteño Mariano Cornejo (1962), artista de vasta trayectoria que ha invitado a los artistas mencionados a compartir la nueva sala del MAC (Museo de Arte Contemporáneo) cuya directora, Otilia Carrique, desarrolla una intensa y selectiva difusión de artistas tanto salteños como provenientes de otras regiones de la Argentina.
Cornejo pinta «paisajes». En ellos no se encuentran árboles, montañas, caseríos pero sí la luz, la textura de la piedra, la aridez y el polvo, la visión de algunos verdes desde lo alto de la montaña, el eco de los cascos de los caballos para subir hasta la cima, el tiempo detenido, el silencio.
También exhibe sus muebles escultura absolutamente originales y destacamos la obra que da título a la muestra realizada en conjunto, 405x 100cm (2007) en la que a manera de altar los tres ofrendan sus capacidades artísticas.
En otras salas del MAC se exhiben las muestras de Silvana Merello cuya imagen es el complejo y sutil tratamiento del color, de Alfredo Muñoz y su visión del paisaje desértico en divisiones horizontales, a la manera de capas geológicas, y María Cristina Abraham que reunió a un grupo de hombres unidos por diferentes grados de marginalidad, quienes a través de la fotografía, la escritura de poemas, dibujos sobre cartón, las remeras con inscripciones o la artesanía provocan la reflexión sobre la función del arte.
Salta, además del turístico, vive un boom artístico con la inauguración de una feria de arte, la nueva galería Mamoré, la muestra de la Colección Goretti de Arte Precolombino y la instalación de «La Doncella» en el Museo Arqueológico de Alta Montaña (MAAM). Este espacio fue proyectado para albergar a los niños incas hallados en 1999 en la cima del volcán Llullaillaco a 6730 m. de altura junto a más de ciento cincuenta objetos que componen su ajuar. Hoy, este museo modelo dirigido por el Arquitecto Gabriel Miremont, muestra este cuerpo intacto de 500 años de existencia, cubierto por una túnica color tierra y sus pies calzados con una base de cuero y un tejido en la parte superior. «La Doncella» está sentada, dormida. Una presencia que estremece así como la historia ya que los « capacochas» eran seleccionados por la nobleza andina y ofrendados por sus mayores como mensajeros de los mortales a los dioses. Está ubicada en un recinto de cristal a 18° bajo cero sobre una base de criopreservación a 30° bajo cero y en la penumbra con fondo de instrumentos de viento y un relato en quechua.
Desde el sitio www.maam. org.ar se puede ingresar al Museo para hacer un recorrido digital por sus instalaciones y colecciones donde se presentan imágenes exclusivas de este hallazgo que aún despierta polémicas y controversias respecto a su traslado.
Laura Feinsilber
sábado, 1 de agosto de 2009
ARTE AL DÍA - edición 139
octubre 2006
DANY BARRETO
Retratos de la “Murciélaga”
por Rodrigo Alonso

La muestra de Dany Barreto en Loreto Arenas gira alrededor de un leit-motive inusual: la imagen de su perra. Transfigurada en monumentos, siluetas y retratos, La Murciélaga (tal su nombre) da vida a un conjunto de pinturas, objetos y telas intervenidas, que toman como punto de partida un perfil invariable del animal.
Sobre la base de ese modelo, Barreto despliega una baterí a de recursos formales e iconográficos que el propio artista ha categorizado en tres grandes grupos: los "interiores", donde el contorno canino da paso a un grupo de interiores domésticos; los "monumentos", donde la figura de La Murciélaga adquiere una imponencia estatuaria; y las "apariciones", donde la silueta del animal permite que se manifiesten las huellas de tapizados y pinturas anónimas sepultadas en capas de esmalte sintético. Entre el pequeño y el gran formato, entre el objeto y la instalación, el artista construye un universo personal, extrovertido y a la vez í ntimo, pleno de color, jubiloso y afectivo.
Hasta el 28 de octubre, en Galerí a Loreto Arenas, Juncal 885
octubre 2006
DANY BARRETO
Retratos de la “Murciélaga”
por Rodrigo Alonso

La muestra de Dany Barreto en Loreto Arenas gira alrededor de un leit-motive inusual: la imagen de su perra. Transfigurada en monumentos, siluetas y retratos, La Murciélaga (tal su nombre) da vida a un conjunto de pinturas, objetos y telas intervenidas, que toman como punto de partida un perfil invariable del animal.
Sobre la base de ese modelo, Barreto despliega una baterí a de recursos formales e iconográficos que el propio artista ha categorizado en tres grandes grupos: los "interiores", donde el contorno canino da paso a un grupo de interiores domésticos; los "monumentos", donde la figura de La Murciélaga adquiere una imponencia estatuaria; y las "apariciones", donde la silueta del animal permite que se manifiesten las huellas de tapizados y pinturas anónimas sepultadas en capas de esmalte sintético. Entre el pequeño y el gran formato, entre el objeto y la instalación, el artista construye un universo personal, extrovertido y a la vez í ntimo, pleno de color, jubiloso y afectivo.
Hasta el 28 de octubre, en Galerí a Loreto Arenas, Juncal 885
LA NACIÓN - cultura
En la trastienda
Noticias de Arte: Domingo 8 de octubre de 2006 | Publicado en edición impresa
Dany Barreto: presentó La Murciélaga en la galería de Loreto Arenas. Una imagen salvaje, recurrente y tierna al mismo tiempo, sirve de excusa para la creación. "Una indagación interior que determina la construcción de una iconografía más personal". escribe Barreto, quien voló a San Pablo para la apertura de una nueva edición de la Bienal.
En la trastienda
Noticias de Arte: Domingo 8 de octubre de 2006 | Publicado en edición impresa
Dany Barreto: presentó La Murciélaga en la galería de Loreto Arenas. Una imagen salvaje, recurrente y tierna al mismo tiempo, sirve de excusa para la creación. "Una indagación interior que determina la construcción de una iconografía más personal". escribe Barreto, quien voló a San Pablo para la apertura de una nueva edición de la Bienal.
NOTICIAS - 30-9-06
Por Victoria Verlichak
ARTE: Destacado
La pintura nunca se fue. Por ahora, no hay nada que temer acerca de sus supuestas y sucesivas muertes; la pintura goza de buena salud tal y como bien puede verse en el panorama actual de exhibiciones de Buenos Aires. Es más, aunque no está confirmado oficialmente, lo más probable es que un pintor como Guillermo Kuitca sea el representante de la Argentina en la próxima Bienal de Venecia 2007. Claro que en el marco de los meses del Festival de la luz las muestras de fotografía se han multiplicado, como las que exhiben las clásicas del colombiano Leo Matiz en el Museo Fernández Blanco o la nueva y sorprendente fotografía de Esteban Pastorino en Dabbah Torrejón.
Marcelo Pombo vuelve a encantar con su preciosismo y precisión en "Ocho pinturas y un objeto". Seductora y de una ficticia claridad, su obra parece anunciar estrechos contenidos, que en verdad son múltiples, y prometer cándidos significados, que se transforman con la mirada. Porque detrás de la incorporación en su obra de elementos decorativos, Pombo inaugura un mundo donde reina cierto misticismo, con personajes y objetos que levitan, y donde la felicidad es posible. Ruth Benzacar, Florida 1000.
Eduardo Médici sorprende nuevamente con el sugestivo y aparente universo femenino de "Yo, la peor de todas", una galería de rostros y figuras en fotografías, pinturas y dibujos sobre tela. Inscripción de rasgos nítidos y borrosos, los retratos aparecen como testigos de emociones riesgosas e identidades indescifrables. En el catálogo, Liliana Lukin intuye que estas figuras que se esconden y se muestran son "ecos travestidos de otros cuerpos", ¿masculinos?. Galería Rubbers, Av. Alvear 1595.
Sergio Bazán presenta "Barcos en el garage", pinturas sobre tela y sobre papel en el Centro Cultural Borges. El artista retoma algunas apariencias ya conocidas y la de un barco fantasmagórico que se insinúa y se repite una y otra vez con variantes sobre una diversidad de fondos e intensidades. Un hallazgo, en Viamonte y San Martín.
Marcia Schvartz despliega "Joven Pintora", con coloridas obras realizadas entre Barcelona, cuando hubo de exiliarse durante la dictadura militar, y Buenos Aires, a su regreso. Personajes de barrios populares, el Gótico y el Abasto, con sus quehaceres cotidianos en la visión de esta notable artista. Con libro-catálogo editado por Gabriel Levitas, con textos de Laura Malosetti-Costa. Museo Sívori (frente al Rosedal).
Más pinturas de reconocidos artistas en distintas exhibiciones, como las de Diana Aisenberg en Daniel Abate, Felipe Pino en el Pabellón de la UCA en Puerto Madero, Hugo de Marziani en Palatina, Jorge Ortigueira en El Puente, Ernesto Bertani en Zurbarán, además de las obras de los más nuevos como Dany Barreto en Loreto Arenas o Damián Puig en Praxis.
Por Victoria Verlichak
ARTE: Destacado
La pintura nunca se fue. Por ahora, no hay nada que temer acerca de sus supuestas y sucesivas muertes; la pintura goza de buena salud tal y como bien puede verse en el panorama actual de exhibiciones de Buenos Aires. Es más, aunque no está confirmado oficialmente, lo más probable es que un pintor como Guillermo Kuitca sea el representante de la Argentina en la próxima Bienal de Venecia 2007. Claro que en el marco de los meses del Festival de la luz las muestras de fotografía se han multiplicado, como las que exhiben las clásicas del colombiano Leo Matiz en el Museo Fernández Blanco o la nueva y sorprendente fotografía de Esteban Pastorino en Dabbah Torrejón.
Marcelo Pombo vuelve a encantar con su preciosismo y precisión en "Ocho pinturas y un objeto". Seductora y de una ficticia claridad, su obra parece anunciar estrechos contenidos, que en verdad son múltiples, y prometer cándidos significados, que se transforman con la mirada. Porque detrás de la incorporación en su obra de elementos decorativos, Pombo inaugura un mundo donde reina cierto misticismo, con personajes y objetos que levitan, y donde la felicidad es posible. Ruth Benzacar, Florida 1000.
Eduardo Médici sorprende nuevamente con el sugestivo y aparente universo femenino de "Yo, la peor de todas", una galería de rostros y figuras en fotografías, pinturas y dibujos sobre tela. Inscripción de rasgos nítidos y borrosos, los retratos aparecen como testigos de emociones riesgosas e identidades indescifrables. En el catálogo, Liliana Lukin intuye que estas figuras que se esconden y se muestran son "ecos travestidos de otros cuerpos", ¿masculinos?. Galería Rubbers, Av. Alvear 1595.
Sergio Bazán presenta "Barcos en el garage", pinturas sobre tela y sobre papel en el Centro Cultural Borges. El artista retoma algunas apariencias ya conocidas y la de un barco fantasmagórico que se insinúa y se repite una y otra vez con variantes sobre una diversidad de fondos e intensidades. Un hallazgo, en Viamonte y San Martín.
Marcia Schvartz despliega "Joven Pintora", con coloridas obras realizadas entre Barcelona, cuando hubo de exiliarse durante la dictadura militar, y Buenos Aires, a su regreso. Personajes de barrios populares, el Gótico y el Abasto, con sus quehaceres cotidianos en la visión de esta notable artista. Con libro-catálogo editado por Gabriel Levitas, con textos de Laura Malosetti-Costa. Museo Sívori (frente al Rosedal).
Más pinturas de reconocidos artistas en distintas exhibiciones, como las de Diana Aisenberg en Daniel Abate, Felipe Pino en el Pabellón de la UCA en Puerto Madero, Hugo de Marziani en Palatina, Jorge Ortigueira en El Puente, Ernesto Bertani en Zurbarán, además de las obras de los más nuevos como Dany Barreto en Loreto Arenas o Damián Puig en Praxis.
LA NACIÓN - La Revista
Cultura- Domingo 30 de octubre de 2005
por Carmen María Ramos
Frutos de la fe: cuando la devoción se convierte en arte
Daniel Barreto y Juan Batalla, artistas plásticos e investigadores de la cultura popular y ritual latinoamericana, crearon una colección de gran valor antropológico
Publicado en edición impresa
Primero comenzaron a registrar fotográficamente los altares al costado de las rutas. Veían una cantidad de banderas rojas flameando y no sabían de qué se trataba. Entonces esperaban a que llegase alguna persona que venía a dejar una ofrenda y preguntaban. Así se enteraron del Gauchito Gil, de San La Muerte –un santo venerado desde el Nordeste argentino y el sur del Paraguay, y cuyo culto llega hasta las puertas de Buenos Aires–, de la Difunta Correa y de tantos otros que florecen en las banquinas de los caminos del país.
"Nos interesaba entender por qué se usa determinado color, por qué es necesario acercarse a determinadas horas al altar –dicen Daniel Barreto y Juan Batalla, artistas plásticos e investigadores de la cultura popular y ritual latinoamericana–. Todo esto nos parecía conceptual y visualmente tan rico que terminó convirtiéndose en el motivo de viajes específicos a buscar altares en determinadas zonas. Altares que incluyen el arte de la señora que bordó un paño y la talla de un imaginero del lugar hasta los trabajos de los presos de las cárceles, que esculpen sus amuletos en madera o en hueso."
Esta inquietud compartida se transformó en una búsqueda sistemática a partir de conceptos convocantes, tales como identidad, rito y cultura, y en una exploración alrededor de universos expresivos y producciones simbólicas de pueblos llamados primitivos, o populares, tal como pueden ser los altares, las instalaciones realizadas por los devotos a sus santos, en lugares públicos o privados, en forma individual o colectiva.
A partir de esta indagación, Barreto y Batalla encararon una investigación sobre todas aquellas manifestaciones y devociones construidas por individuos que no se consideran artistas, que no aplican los criterios de sistema artístico alguno con respecto a la producción, que no necesitan una institución que las legitime y que sólo pretenden por este medio comunicarse con una entidad divina.
"Muchos de los altares más interesantes se encuentran en capillas construidas dentro de terrenos donde suele haber una casa. A veces es más lujosa esta capillita que el rancho en el que viven sus dueños. Estos son altares semipúblicos, es decir que, si uno pide permiso, generalmente lo dejan pasar. Son devociones heredadas de una abuela o de algún pariente, y se pasan de generación en generación", dice Batalla.
"Para los que tienen un San La Muerte, es aun más necesario que la devoción se transmita a alguien. De no ser así, dice la tradición, el San La Muerte no dejará descansar en paz al pobre finado. En el Litoral hay muchos cuentos que hablan de gente que alguna vez fue a un velorio y recuerda que el muerto, en determinado momento, se levantó del cajón emitiendo sonidos extraños. Dicen que hasta que no se da cuenta de que tiene a San la Muerte bajo la piel y se lo saca, no se queda tranquilo. Es que la manera más tradicional del culto a San La Muerte es justamente ésa: realizarse un pequeño corte para insertar una talla en el sitio de la herida, que luego cicatrizará con la figura, generalmente de plomo o de hueso, adentro."
Partiendo de la tesis de que en buena medida el arte más sorprendente que se puede encontrar son creaciones que permanecen ocultas porque pertenecen a contextos religiosos y rituales heterodoxos, Barreto y Batalla encararon la edición de la Colección Arte Brujo, donde confluyen recorridos visuales y literarios de esta original temática, así como artes y estéticas contemporáneas y ciertas tradiciones telúricas, populares o marginales de fe, magia y brujería.
"Los artistas que nos ocupan pueden ser reconocidos o desconocidos y anónimos. Incluso, están aquellos que no tienen conciencia de serlo", dice Barreto.
Salvavidas, primer título de la colección, nació tras un trabajo hecho en conjunto por ambos artistas en Uruguay y tras el encuentro con el crítico de arte y teórico norteamericano Robert Farris Thompson, con quien trabajaron en ese proyecto.
El segundo libro, San La Muerte, una voz extraña, permite a Arte Brujo presentar textos e imágenes acerca del culto que se desarrolla en el nordeste argentino, así como en Paraguay. La investigación se completa con las fotografías del artista chaqueño Iván Almirón y los escritos de Rodolfo Walsh, Horacio González y Hugo Mujica, entre otros.
El tercero, Payé –en elaboración– reflejará el arte presente en los talismanes que utilizan diversas culturas latinoamericanas.
Por Carmen María Ramos
Más datos:
www.arte-brujo.com.ar
www.loretoarenasgaleria.com.ar
Cultura- Domingo 30 de octubre de 2005
por Carmen María Ramos
Frutos de la fe: cuando la devoción se convierte en arte
Daniel Barreto y Juan Batalla, artistas plásticos e investigadores de la cultura popular y ritual latinoamericana, crearon una colección de gran valor antropológico
Publicado en edición impresa
Primero comenzaron a registrar fotográficamente los altares al costado de las rutas. Veían una cantidad de banderas rojas flameando y no sabían de qué se trataba. Entonces esperaban a que llegase alguna persona que venía a dejar una ofrenda y preguntaban. Así se enteraron del Gauchito Gil, de San La Muerte –un santo venerado desde el Nordeste argentino y el sur del Paraguay, y cuyo culto llega hasta las puertas de Buenos Aires–, de la Difunta Correa y de tantos otros que florecen en las banquinas de los caminos del país.
"Nos interesaba entender por qué se usa determinado color, por qué es necesario acercarse a determinadas horas al altar –dicen Daniel Barreto y Juan Batalla, artistas plásticos e investigadores de la cultura popular y ritual latinoamericana–. Todo esto nos parecía conceptual y visualmente tan rico que terminó convirtiéndose en el motivo de viajes específicos a buscar altares en determinadas zonas. Altares que incluyen el arte de la señora que bordó un paño y la talla de un imaginero del lugar hasta los trabajos de los presos de las cárceles, que esculpen sus amuletos en madera o en hueso."
Esta inquietud compartida se transformó en una búsqueda sistemática a partir de conceptos convocantes, tales como identidad, rito y cultura, y en una exploración alrededor de universos expresivos y producciones simbólicas de pueblos llamados primitivos, o populares, tal como pueden ser los altares, las instalaciones realizadas por los devotos a sus santos, en lugares públicos o privados, en forma individual o colectiva.
A partir de esta indagación, Barreto y Batalla encararon una investigación sobre todas aquellas manifestaciones y devociones construidas por individuos que no se consideran artistas, que no aplican los criterios de sistema artístico alguno con respecto a la producción, que no necesitan una institución que las legitime y que sólo pretenden por este medio comunicarse con una entidad divina.
"Muchos de los altares más interesantes se encuentran en capillas construidas dentro de terrenos donde suele haber una casa. A veces es más lujosa esta capillita que el rancho en el que viven sus dueños. Estos son altares semipúblicos, es decir que, si uno pide permiso, generalmente lo dejan pasar. Son devociones heredadas de una abuela o de algún pariente, y se pasan de generación en generación", dice Batalla.
"Para los que tienen un San La Muerte, es aun más necesario que la devoción se transmita a alguien. De no ser así, dice la tradición, el San La Muerte no dejará descansar en paz al pobre finado. En el Litoral hay muchos cuentos que hablan de gente que alguna vez fue a un velorio y recuerda que el muerto, en determinado momento, se levantó del cajón emitiendo sonidos extraños. Dicen que hasta que no se da cuenta de que tiene a San la Muerte bajo la piel y se lo saca, no se queda tranquilo. Es que la manera más tradicional del culto a San La Muerte es justamente ésa: realizarse un pequeño corte para insertar una talla en el sitio de la herida, que luego cicatrizará con la figura, generalmente de plomo o de hueso, adentro."
Partiendo de la tesis de que en buena medida el arte más sorprendente que se puede encontrar son creaciones que permanecen ocultas porque pertenecen a contextos religiosos y rituales heterodoxos, Barreto y Batalla encararon la edición de la Colección Arte Brujo, donde confluyen recorridos visuales y literarios de esta original temática, así como artes y estéticas contemporáneas y ciertas tradiciones telúricas, populares o marginales de fe, magia y brujería.
"Los artistas que nos ocupan pueden ser reconocidos o desconocidos y anónimos. Incluso, están aquellos que no tienen conciencia de serlo", dice Barreto.
Salvavidas, primer título de la colección, nació tras un trabajo hecho en conjunto por ambos artistas en Uruguay y tras el encuentro con el crítico de arte y teórico norteamericano Robert Farris Thompson, con quien trabajaron en ese proyecto.
El segundo libro, San La Muerte, una voz extraña, permite a Arte Brujo presentar textos e imágenes acerca del culto que se desarrolla en el nordeste argentino, así como en Paraguay. La investigación se completa con las fotografías del artista chaqueño Iván Almirón y los escritos de Rodolfo Walsh, Horacio González y Hugo Mujica, entre otros.
El tercero, Payé –en elaboración– reflejará el arte presente en los talismanes que utilizan diversas culturas latinoamericanas.
Por Carmen María Ramos
Más datos:
www.arte-brujo.com.ar
www.loretoarenasgaleria.com.ar
RADAR _ PAGINA 12
Domingo, 28 de agosto de 2005
Cultos > El Señor de la Muerte
San La Muerte
Pocas devociones son tan misteriosas como la que rodea al santo esqueleto, a veces provisto de una guadaña, tallado en hueso, madera o plomo, que suele encontrarse en los altares familiares de la Mesopotamia argentina y el Paraguay. Su culto antiquísimo se remonta a las comunidades guaraníes originarias y hoy se perpetúa en las cárceles, donde los presos lo llevan tatuado o incrustado bajo la piel. Radar reproduce imágenes del santo, de detenidos correntinos y una crónica de Rodolfo Walsh tomadas del libro San La Muerte - Una Voz Extraña, estremecedor intento de desentrañar esta santidad oscura.
Esta crónica fue publicada originalmente por la Revista Panorama en su Nº 42 de noviembre de 1966 y pertenece a una serie de diez que Walsh escribió entre ese año y 1967, siguiendo un proyecto propio de indagación acerca de aspectos profundos y poco visibles de la cultura popular argentina. Aparece en el libro por gentileza de Ediciones de la Flor.
Por Rodolfo Walsh
Las palabras se hacen borrosas en la tinta del papel escrito o tiemblan en la voz de los fieles que a la luz-y-sombra de las velas se arrodillan bajo la mirada sin pupilas de una figurita esquelética, que en los ranchos más humildes del Paraguay y el nordeste argentino preside el destino de sus habitantes, combina sus amores, los guarda de peligros o los hace ganadores en el juego. La gente lo llama el Señor de la Muerte.
Su forma es la representación clásica de esa alegoría: un esqueleto sentado o de pie que a menudo lleva una guadaña. Millares de fieles le rinden un culto semisecreto, que culmina el 15 de agosto con las “misas” que le ofrecen ante los altares de las capillas privadas. ¿Desde cuándo? Las primeras referencias bibliográficas son las muy recientes publicadas por los investigadores chaqueños Raúl Cerrutti y José Miranda.
Pero el culto es antiguo, a juzgar por el aspecto de algunas imágenes y por el testimonio de viejos devotos cuyos recuerdos se remontan a más de medio siglo.
En la campaña correntina o el cinturón de villas miseria que rodea a Resistencia, en pueblos de Formosa o ciudades de Paraguay, el Señor de la Muerte –o San La Muerte– es amado, temido, premiado, castigado, invocado para bien o para mal. Algunas de sus devociones no se diferencian de las más apacibles del culto cristiano; otras se aproximan al vudú, y de ellas no se habla o se habla con un temblor en la voz.
Vida y milagros
–Allá arriba está él –dice la paraguaya Fabiana Irala, señalando con la mano un rincón del rancho oscuro, donde hay que agacharse para entrar.
La figurita tallada se vislumbra apenas en la vitrina semicubierta de trapos negros que corona el altar. Después, sobre la mano de Fabiana, se define en líneas toscas y vigorosas, con las costillas pintadas de negro y una sumaria guadaña o báculo de metal en la mano derecha. Para pedirle algo, hay que sacarle el bastoncito y prenderle una vela. Pero si es algo importante, taparlo con un paño negro y tenerlo en un rincón hasta que se cumpla.
–¿Qué le piden?
–Te da todas las cosas, señor, todo lo que vos querés. Milagroso é. Cura, pero de toda enfermedá. Hace salir gente de la cárcel y es bueno pa’l amor.
(Le prendimos tres dedos de vela.)
El santo de doña Fabiana cumple los requisitos de la ortodoxia: tallado en hueso de cristiano y bendecido siete veces por un sacerdote. Esto es lo más difícil, pero Fabiana no tuvo necesidad de llevar la figurita escondida dentro de una vela o de otra imagen:
–A mí me lo bendició el padre cura de San José.
Hay algunos que lo usan para mal “y le tienen infiel”, explica en Villa Federal, Resistencia, la médica Trinidad López, que tiene un santito de hueso y otro de plomo, muy visitados. El enemigo señalado por el conjuro “se seca y se muere”. Pero ella –aclara– sólo los tiene para proteger su casa.
En Bañado Sur, ciudad de Corrientes, encontramos las dos imágenes más perfectas del Señor de la Muerte. De unos ocho centímetros de alto, estaban talladas en palo santo por el mismo artesano anónimo. Representaban a la muerte sentada, pero había sutiles diferencias: una era más enjuta y apretaba las sienes entre las manos; en la otra, las manos sostenían la mandíbula.
–Este es el Señor de la Muerte –aclaró la propietaria–. Aquel, el Señor de la Paciencia.
El fetiche entronca pues con una figura del culto cristiano, y en muchos lugares se los nombra indistintamente. Quisimos fotografiar las dos piezas de notable artesanía, junto con un par de hermosas tallas policromadas de Santa Catalina y San Antonio. Pero la señora Irma se opuso.
–El se enoja –explicó.
UNA SONRISA BURLONA
La mujer arrodillada pronunciaba las invocaciones, y una docena de devotas con cirios en la mano respondía en un coro atenuado y plañidero. La pirámide del altar crecía en niveles de importancia, con sus santos de yesería, su Baltasar negro, sus estampas litografiadas y hasta un raro display donde figuraban San Martín, Belgrano y Gardel entre floreros de vidrio y ramilletes de plástico. Coronándolo todo en la capilla particular de Cecilia Medina, un Señor de la Muerte cincelado en plata presidía desde su trono, con irónica sonrisa, ese mundo de caras oscuras, de miradas expectantes y ropas muy pobres.
Era “el señor de los buenos y de los malos matrimonios”, el que obliga al ladrón a devolver su robo, el que dispone que el amante desdeñoso “en la cama en que duerme se encontrará afligido”, el que impide a la amada “aular con ningún hombre”, el que es invocado “por los cuatro vientos del mundo”.
Decenas de fórmulas circulan en cuartillas rudamente manuscritas, centenares de milagros se le atribuyen, millares de velas arden en su honor.
¿Pero quién fabrica esa misteriosa figurita? La médica Asunción Ramírez nos mandó a los confines de la ciudad y de la tarde en pos de un santero que no existía. Lo buscamos luego en direcciones equívocas de remotas callejas polvorientas, en erróneos recuerdos, desconfianzas, evasivas.
En Resistencia conocimos, por supuesto, a Carlos Maule, un artista pop avant la lettre que, rodeado de cadáveres de máquinas, frustradas heladeras y restos de armas de fuego, construye en su taller mecánico singulares esculturas de bronce y de chatarra. Maule talla en hueso de vaca (“el hueso humano es mal material”) un San La Muerte estilizado y sobrio.
–Es milagroso –afirma burlonamente–. Me siento a hacerlo con una copa de coñac al lado. En cuarenta minutos termino la copa y termino el santo. Tengo para una botella más. ¿No es un milagro?
Las imágenes de Maule son veneradas en más de un oscuro rincón en las rancherías chaqueñas. Pero aún no habíamos encontrado al artista naïf que toscamente talla las facciones de la muerte en un palito de ruda o un segmento de tibia y cree en su oscuro sortilegio.
Del otro lado del río, la doctora Alicia Gare iba a ponernos en presencia de uno de estos raros artesanos.
EL SANTERO
–Me buscaban a mí –dice con su voz tranquila y servicial.
Ha entrado con nosotros por el portón de la vieja penitenciaría de Corrientes y viste de calle. Pero el envoltorio de papeles que trae bajo el brazo guarda las ropas azules del recluso Cirilo Miranda, que es él, condenado a veinte años de cárcel por un crimen apasionado y salvaje, de superflua memoria aunque él lo recuerde mientras desgrana día por día los dos años y cuatro meses que le faltan para salir en serio: y no como ahora, que ha ido a hacer “un trabajito particular para afuera”, según se acostumbra en este presidio.
Entre los canteros verdes y los muros rosados del patio, Miranda despliega sobre un banco las figuras de su arte, la docena de santitos y de historias que, de golpe, son una insólita lección de antropología práctica. Por supuesto, allí está el Señor de la Muerte.
Ya no sabe Cirilo Miranda cuándo empezó a manejar el formón romo, el buril de punta casi invisible, la sierrita minúscula que son sus únicas herramientas permitidas. Sabe que le enseñó a tallar don Julio Conti, “uno de los reclusos más viejos, creo que ya no existe más”, y que el primer San La Muerte que copió se lo trajeron de Paraguay, pero se lo piden detodas partes porque es muy milagroso y el que lo invoca “suele salir a flote de sus trámites de apertura”.
–Porque resulta –dice– que el Señor de la Muerte es la imagen de la calavera de Nuestro Señor Jesucristo. ¿No ve que uno de los crucifijos grandes que llevan los padres curas tiene una calavera sin ojo, sin nariz, ahí en la cruz?
La mano con el buril se desliza ahora, segura, sobre el oloroso pedacito de palo santo con que el preso cumple su más reciente encargo. Pero también talla en hueso, y si es hueso de cristiano mejor, porque “ése ya está bendecido dos veces”.
¿Conoce las oraciones? Conoce, aquí lleva una, señor. ¿Sabe que hay una para no caer preso? Eso no sabe, y se ríe, y si hubiera sabido no estaría aquí, pué, y se vuelve a reír contagiando al racimo azul de penados que se han reunido a nuestro alrededor contra el fondo de rejas y de muros rosa, y que al fin saben en qué gasta Cirilo Miranda sus largas horas en la celda sin decirles nunca una palabra porque ésta, señor, si se quiere, es una cosa secreta.
RETABLO INSOLITO
Puestos sobre el banco, los santitos hablan desde el fondo de una mitología inédita, de un pueblo ignorado. El preso de tez oscura les presta su voz.
Ahí está la mujer crucificada, versión femenina del Cristo:
–Santa Librada, que está en la cruz, pué. Ahí el prodigioso cazador, montado en un tigre:
–Ese es el San Son.
El misterioso hombrecito que lleva una taba en la mano derecha y “un puñao e plata” en la izquierda:
–Ese es un famoso pa’l juego. Lo llaman Lamodei.
Y el domador de un toro:
–Prendido a las guampas. Es San Marco, que está para dominar la cuestión de animales salvajes.
Ahí por fin la conmovedora pareja de santos tomados del brazo, unidos en el tierno amor de la madera:
–San Alejo, señor, que le dominó a Santa Marta, la virgen más hermosa que se ha conocido en el mundo.
Solamente la perversa, la inquietante y peleadora Santa Catalina está ausente porque su devoto Cirilo Miranda sabe que no es bueno tenerla –aunque la haga para otros– ni prenderle velas ni darle confianza, y sí solamente pedirle, en los momentos de aflicción, que sus enemigos y autoridades no tengan ojos para verlo ni boca para hablarle ni manos para pegarle ni pies ni corazón para ofenderlo.
Así sea.
Link a la nota:
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/suplementos/radar/9-2478-2005-08-29.html
Domingo, 28 de agosto de 2005
Cultos > El Señor de la Muerte
San La Muerte
Pocas devociones son tan misteriosas como la que rodea al santo esqueleto, a veces provisto de una guadaña, tallado en hueso, madera o plomo, que suele encontrarse en los altares familiares de la Mesopotamia argentina y el Paraguay. Su culto antiquísimo se remonta a las comunidades guaraníes originarias y hoy se perpetúa en las cárceles, donde los presos lo llevan tatuado o incrustado bajo la piel. Radar reproduce imágenes del santo, de detenidos correntinos y una crónica de Rodolfo Walsh tomadas del libro San La Muerte - Una Voz Extraña, estremecedor intento de desentrañar esta santidad oscura.
Esta crónica fue publicada originalmente por la Revista Panorama en su Nº 42 de noviembre de 1966 y pertenece a una serie de diez que Walsh escribió entre ese año y 1967, siguiendo un proyecto propio de indagación acerca de aspectos profundos y poco visibles de la cultura popular argentina. Aparece en el libro por gentileza de Ediciones de la Flor.
Por Rodolfo Walsh
Las palabras se hacen borrosas en la tinta del papel escrito o tiemblan en la voz de los fieles que a la luz-y-sombra de las velas se arrodillan bajo la mirada sin pupilas de una figurita esquelética, que en los ranchos más humildes del Paraguay y el nordeste argentino preside el destino de sus habitantes, combina sus amores, los guarda de peligros o los hace ganadores en el juego. La gente lo llama el Señor de la Muerte.
Su forma es la representación clásica de esa alegoría: un esqueleto sentado o de pie que a menudo lleva una guadaña. Millares de fieles le rinden un culto semisecreto, que culmina el 15 de agosto con las “misas” que le ofrecen ante los altares de las capillas privadas. ¿Desde cuándo? Las primeras referencias bibliográficas son las muy recientes publicadas por los investigadores chaqueños Raúl Cerrutti y José Miranda.
Pero el culto es antiguo, a juzgar por el aspecto de algunas imágenes y por el testimonio de viejos devotos cuyos recuerdos se remontan a más de medio siglo.
En la campaña correntina o el cinturón de villas miseria que rodea a Resistencia, en pueblos de Formosa o ciudades de Paraguay, el Señor de la Muerte –o San La Muerte– es amado, temido, premiado, castigado, invocado para bien o para mal. Algunas de sus devociones no se diferencian de las más apacibles del culto cristiano; otras se aproximan al vudú, y de ellas no se habla o se habla con un temblor en la voz.
Vida y milagros
–Allá arriba está él –dice la paraguaya Fabiana Irala, señalando con la mano un rincón del rancho oscuro, donde hay que agacharse para entrar.
La figurita tallada se vislumbra apenas en la vitrina semicubierta de trapos negros que corona el altar. Después, sobre la mano de Fabiana, se define en líneas toscas y vigorosas, con las costillas pintadas de negro y una sumaria guadaña o báculo de metal en la mano derecha. Para pedirle algo, hay que sacarle el bastoncito y prenderle una vela. Pero si es algo importante, taparlo con un paño negro y tenerlo en un rincón hasta que se cumpla.
–¿Qué le piden?
–Te da todas las cosas, señor, todo lo que vos querés. Milagroso é. Cura, pero de toda enfermedá. Hace salir gente de la cárcel y es bueno pa’l amor.
(Le prendimos tres dedos de vela.)
El santo de doña Fabiana cumple los requisitos de la ortodoxia: tallado en hueso de cristiano y bendecido siete veces por un sacerdote. Esto es lo más difícil, pero Fabiana no tuvo necesidad de llevar la figurita escondida dentro de una vela o de otra imagen:
–A mí me lo bendició el padre cura de San José.
Hay algunos que lo usan para mal “y le tienen infiel”, explica en Villa Federal, Resistencia, la médica Trinidad López, que tiene un santito de hueso y otro de plomo, muy visitados. El enemigo señalado por el conjuro “se seca y se muere”. Pero ella –aclara– sólo los tiene para proteger su casa.
En Bañado Sur, ciudad de Corrientes, encontramos las dos imágenes más perfectas del Señor de la Muerte. De unos ocho centímetros de alto, estaban talladas en palo santo por el mismo artesano anónimo. Representaban a la muerte sentada, pero había sutiles diferencias: una era más enjuta y apretaba las sienes entre las manos; en la otra, las manos sostenían la mandíbula.
–Este es el Señor de la Muerte –aclaró la propietaria–. Aquel, el Señor de la Paciencia.
El fetiche entronca pues con una figura del culto cristiano, y en muchos lugares se los nombra indistintamente. Quisimos fotografiar las dos piezas de notable artesanía, junto con un par de hermosas tallas policromadas de Santa Catalina y San Antonio. Pero la señora Irma se opuso.
–El se enoja –explicó.
UNA SONRISA BURLONA
La mujer arrodillada pronunciaba las invocaciones, y una docena de devotas con cirios en la mano respondía en un coro atenuado y plañidero. La pirámide del altar crecía en niveles de importancia, con sus santos de yesería, su Baltasar negro, sus estampas litografiadas y hasta un raro display donde figuraban San Martín, Belgrano y Gardel entre floreros de vidrio y ramilletes de plástico. Coronándolo todo en la capilla particular de Cecilia Medina, un Señor de la Muerte cincelado en plata presidía desde su trono, con irónica sonrisa, ese mundo de caras oscuras, de miradas expectantes y ropas muy pobres.
Era “el señor de los buenos y de los malos matrimonios”, el que obliga al ladrón a devolver su robo, el que dispone que el amante desdeñoso “en la cama en que duerme se encontrará afligido”, el que impide a la amada “aular con ningún hombre”, el que es invocado “por los cuatro vientos del mundo”.
Decenas de fórmulas circulan en cuartillas rudamente manuscritas, centenares de milagros se le atribuyen, millares de velas arden en su honor.
¿Pero quién fabrica esa misteriosa figurita? La médica Asunción Ramírez nos mandó a los confines de la ciudad y de la tarde en pos de un santero que no existía. Lo buscamos luego en direcciones equívocas de remotas callejas polvorientas, en erróneos recuerdos, desconfianzas, evasivas.
En Resistencia conocimos, por supuesto, a Carlos Maule, un artista pop avant la lettre que, rodeado de cadáveres de máquinas, frustradas heladeras y restos de armas de fuego, construye en su taller mecánico singulares esculturas de bronce y de chatarra. Maule talla en hueso de vaca (“el hueso humano es mal material”) un San La Muerte estilizado y sobrio.
–Es milagroso –afirma burlonamente–. Me siento a hacerlo con una copa de coñac al lado. En cuarenta minutos termino la copa y termino el santo. Tengo para una botella más. ¿No es un milagro?
Las imágenes de Maule son veneradas en más de un oscuro rincón en las rancherías chaqueñas. Pero aún no habíamos encontrado al artista naïf que toscamente talla las facciones de la muerte en un palito de ruda o un segmento de tibia y cree en su oscuro sortilegio.
Del otro lado del río, la doctora Alicia Gare iba a ponernos en presencia de uno de estos raros artesanos.
EL SANTERO
–Me buscaban a mí –dice con su voz tranquila y servicial.
Ha entrado con nosotros por el portón de la vieja penitenciaría de Corrientes y viste de calle. Pero el envoltorio de papeles que trae bajo el brazo guarda las ropas azules del recluso Cirilo Miranda, que es él, condenado a veinte años de cárcel por un crimen apasionado y salvaje, de superflua memoria aunque él lo recuerde mientras desgrana día por día los dos años y cuatro meses que le faltan para salir en serio: y no como ahora, que ha ido a hacer “un trabajito particular para afuera”, según se acostumbra en este presidio.
Entre los canteros verdes y los muros rosados del patio, Miranda despliega sobre un banco las figuras de su arte, la docena de santitos y de historias que, de golpe, son una insólita lección de antropología práctica. Por supuesto, allí está el Señor de la Muerte.
Ya no sabe Cirilo Miranda cuándo empezó a manejar el formón romo, el buril de punta casi invisible, la sierrita minúscula que son sus únicas herramientas permitidas. Sabe que le enseñó a tallar don Julio Conti, “uno de los reclusos más viejos, creo que ya no existe más”, y que el primer San La Muerte que copió se lo trajeron de Paraguay, pero se lo piden detodas partes porque es muy milagroso y el que lo invoca “suele salir a flote de sus trámites de apertura”.
–Porque resulta –dice– que el Señor de la Muerte es la imagen de la calavera de Nuestro Señor Jesucristo. ¿No ve que uno de los crucifijos grandes que llevan los padres curas tiene una calavera sin ojo, sin nariz, ahí en la cruz?
La mano con el buril se desliza ahora, segura, sobre el oloroso pedacito de palo santo con que el preso cumple su más reciente encargo. Pero también talla en hueso, y si es hueso de cristiano mejor, porque “ése ya está bendecido dos veces”.
¿Conoce las oraciones? Conoce, aquí lleva una, señor. ¿Sabe que hay una para no caer preso? Eso no sabe, y se ríe, y si hubiera sabido no estaría aquí, pué, y se vuelve a reír contagiando al racimo azul de penados que se han reunido a nuestro alrededor contra el fondo de rejas y de muros rosa, y que al fin saben en qué gasta Cirilo Miranda sus largas horas en la celda sin decirles nunca una palabra porque ésta, señor, si se quiere, es una cosa secreta.
RETABLO INSOLITO
Puestos sobre el banco, los santitos hablan desde el fondo de una mitología inédita, de un pueblo ignorado. El preso de tez oscura les presta su voz.
Ahí está la mujer crucificada, versión femenina del Cristo:
–Santa Librada, que está en la cruz, pué. Ahí el prodigioso cazador, montado en un tigre:
–Ese es el San Son.
El misterioso hombrecito que lleva una taba en la mano derecha y “un puñao e plata” en la izquierda:
–Ese es un famoso pa’l juego. Lo llaman Lamodei.
Y el domador de un toro:
–Prendido a las guampas. Es San Marco, que está para dominar la cuestión de animales salvajes.
Ahí por fin la conmovedora pareja de santos tomados del brazo, unidos en el tierno amor de la madera:
–San Alejo, señor, que le dominó a Santa Marta, la virgen más hermosa que se ha conocido en el mundo.
Solamente la perversa, la inquietante y peleadora Santa Catalina está ausente porque su devoto Cirilo Miranda sabe que no es bueno tenerla –aunque la haga para otros– ni prenderle velas ni darle confianza, y sí solamente pedirle, en los momentos de aflicción, que sus enemigos y autoridades no tengan ojos para verlo ni boca para hablarle ni manos para pegarle ni pies ni corazón para ofenderlo.
Así sea.
Link a la nota:
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/suplementos/radar/9-2478-2005-08-29.html
CLARIN- 14-6-05
por Marcelo Sánchez Dansey
CULTURA : IMAGENES Y RELATOS SOBRE UN "SANTO" HONRADO DESDE EL NORDESTE HASTA LAS PUERTAS DE LA CAPITAL
Un libro sobre "San La Muerte", un culto escondido que persiste
Dos artistas se lo encontraron cuando buscaban expresiones religiosas populares. Le dicen "el más justo de los santos" y le atribuyen poder para el bien y para el mal.
Hay muchos libros sobre la muerte y ahora uno sobre San La Muerte. Lo acaban de editar los artistas Juan Batalla y Daniel Barreto, gestores de la Colección Arte Brujo. San La Muerte. Una voz extraña, se llama el compilado de imágenes, relatos y oraciones que invocan a este esqueleto de sotana y guadaña en mano, conocido popularmente como "el más justo de los santos" y excluido del santoral católico. A quien le asignan gran poder, tanto para hacer el bien como para hacer daño. A quien se le rinde culto en secreto.
Batalla y Barreto se lo encontraron en Corrientes. Llevaban años investigando las expresiones religiosas populares y estaban tras los pasos del Gauchito Gil cuando se toparon con su compadre: el Señor de la Buena Muerte. "Vimos una carga visual y literaria muy fuerte. Y muy poco visitada", le dice Batalla a Clarín, sin perder la mirada del arte.
Fue así que convocaron a los sociólogos María Julia Carozzi y Daniel Míguez para aventurarse en los dominios de "su santidad esquelética", cuyo mito se remonta a las primeras décadas del 1700 y se circunscribe a las tierras guaraníes con influencia jesuita. Los especialistas recuerdan que los aborígenes adoraban los huesos de los grandes chamanes y también los de los niños muertos que les servían para comunicarse con el más allá. Hubo un paso de allí al sincretismo con el culto católico que expandió el culto a todo el nordeste, el sur del Paraguay y —¡guay porteños!— de la mano de la inmigración rural, a las puertas de Buenos Aires.
Esta mixtura social es lo que florece en un artículo de Rodolfo Walsh que data de 1966 y fue incluido en el libro. Una perlita. Como la poesía del sacerdote Hugo Mujica, que intenta cifrar este entuerto teológico. O el comentario de Horacio González, profesor de Cultura Argentina y subdirector de la Biblioteca Nacional, que indaga en el costado erótico de la creencia.
Asimismo, el volumen cobra fuerza con las revelaciones de Aurelio Schinini, paraguayo autodidacta, los textos de Gustavo Insaurralde, crítico de arte chaqueño, y las fotos de su coprovinciano, Iván Almirón.
Batalla cuenta que el objetivo era "rescatar la experiencia de la gente del lugar porque tienen una visión mas fresca del fenómeno". Y no se equivoca, el aporte de los locales esta impregnado de magia.
Insaurralde, por ejemplo confiesa que sitio "algo raro" frente a las estatuillas del santo —algunas de la colección privada del artista Nicolás García Uriburu— y no quiso tocarlas. ¿Miedo? "Respeto", aclara. Y se nota en el texto del crítico que encuadra la estética en un formato minimalista y naif, con resabios del barroco español y coqueteos con la iconografía del rock pesado. Y que analiza las creencias que rodean cada obra. Como cuando describe "el marcado empeño de los practicantes de alimentar al santo a través de persistentes incisiones que se infligen a sí mismos, con el natural derramamiento de sangre y las consecuentes cicatrices, testimonios de la ofrenda".
Schinini va mas lejos y, sin tapujos, relata su encuentro con "una mujer de la vida que al caminar por la calle iba protegida por un San La Muerte que llevaba puesto en la vagina, una talla confeccionada con madera del ataúd de su abuela".
Cuenta Schinini que, según le contaron, las tallas mas poderosas se logran con huesos humanos; que la última falange del meñique le da más fuerza al payé (amuleto) y que algunos lo llevan incrustado bajo la carne. Y cuenta otras historias: los castigos y los cuidados, que al santo le gusta ir de visita a las iglesias escondido en un puño cerrado y que a veces pide sangre.
Las confesiones dan paso a las fotos de Almirón: un recorrido por la cárcel de Corrientes, donde el fotógrafo se mueve como en su casa y maneja a los presos como corderos, en su afán de mostrar al santo tatuado. Claro que Almirón tiene parientes devotos, y aunque se diga ateo, reconoce que existe "una cuestión iniciática, como los masones".
Insaurralde confirma: "No todo el mundo está dispuesto a escucharte ni a contarte cosas. En el interior del Chaco la gente mira el libro de reojo". Sin embargo el libro ya está en las librerías y hasta ganó el Premio a la Bibliodiversidad que otorga el Gobierno de Buenos Aires. "Creo —dice Almirón— que así como el arte africano impactó a Picasso o como el arte primitivo de Oceanía tiene su sala en el Metropolitan de Nueva York, los argentinos, podemos decir: ¡Caramba! parece que nosotros también tenemos lo nuestro". El libro da fe.
por Marcelo Sánchez Dansey
CULTURA : IMAGENES Y RELATOS SOBRE UN "SANTO" HONRADO DESDE EL NORDESTE HASTA LAS PUERTAS DE LA CAPITAL
Un libro sobre "San La Muerte", un culto escondido que persiste
Dos artistas se lo encontraron cuando buscaban expresiones religiosas populares. Le dicen "el más justo de los santos" y le atribuyen poder para el bien y para el mal.
Hay muchos libros sobre la muerte y ahora uno sobre San La Muerte. Lo acaban de editar los artistas Juan Batalla y Daniel Barreto, gestores de la Colección Arte Brujo. San La Muerte. Una voz extraña, se llama el compilado de imágenes, relatos y oraciones que invocan a este esqueleto de sotana y guadaña en mano, conocido popularmente como "el más justo de los santos" y excluido del santoral católico. A quien le asignan gran poder, tanto para hacer el bien como para hacer daño. A quien se le rinde culto en secreto.
Batalla y Barreto se lo encontraron en Corrientes. Llevaban años investigando las expresiones religiosas populares y estaban tras los pasos del Gauchito Gil cuando se toparon con su compadre: el Señor de la Buena Muerte. "Vimos una carga visual y literaria muy fuerte. Y muy poco visitada", le dice Batalla a Clarín, sin perder la mirada del arte.
Fue así que convocaron a los sociólogos María Julia Carozzi y Daniel Míguez para aventurarse en los dominios de "su santidad esquelética", cuyo mito se remonta a las primeras décadas del 1700 y se circunscribe a las tierras guaraníes con influencia jesuita. Los especialistas recuerdan que los aborígenes adoraban los huesos de los grandes chamanes y también los de los niños muertos que les servían para comunicarse con el más allá. Hubo un paso de allí al sincretismo con el culto católico que expandió el culto a todo el nordeste, el sur del Paraguay y —¡guay porteños!— de la mano de la inmigración rural, a las puertas de Buenos Aires.
Esta mixtura social es lo que florece en un artículo de Rodolfo Walsh que data de 1966 y fue incluido en el libro. Una perlita. Como la poesía del sacerdote Hugo Mujica, que intenta cifrar este entuerto teológico. O el comentario de Horacio González, profesor de Cultura Argentina y subdirector de la Biblioteca Nacional, que indaga en el costado erótico de la creencia.
Asimismo, el volumen cobra fuerza con las revelaciones de Aurelio Schinini, paraguayo autodidacta, los textos de Gustavo Insaurralde, crítico de arte chaqueño, y las fotos de su coprovinciano, Iván Almirón.
Batalla cuenta que el objetivo era "rescatar la experiencia de la gente del lugar porque tienen una visión mas fresca del fenómeno". Y no se equivoca, el aporte de los locales esta impregnado de magia.
Insaurralde, por ejemplo confiesa que sitio "algo raro" frente a las estatuillas del santo —algunas de la colección privada del artista Nicolás García Uriburu— y no quiso tocarlas. ¿Miedo? "Respeto", aclara. Y se nota en el texto del crítico que encuadra la estética en un formato minimalista y naif, con resabios del barroco español y coqueteos con la iconografía del rock pesado. Y que analiza las creencias que rodean cada obra. Como cuando describe "el marcado empeño de los practicantes de alimentar al santo a través de persistentes incisiones que se infligen a sí mismos, con el natural derramamiento de sangre y las consecuentes cicatrices, testimonios de la ofrenda".
Schinini va mas lejos y, sin tapujos, relata su encuentro con "una mujer de la vida que al caminar por la calle iba protegida por un San La Muerte que llevaba puesto en la vagina, una talla confeccionada con madera del ataúd de su abuela".
Cuenta Schinini que, según le contaron, las tallas mas poderosas se logran con huesos humanos; que la última falange del meñique le da más fuerza al payé (amuleto) y que algunos lo llevan incrustado bajo la carne. Y cuenta otras historias: los castigos y los cuidados, que al santo le gusta ir de visita a las iglesias escondido en un puño cerrado y que a veces pide sangre.
Las confesiones dan paso a las fotos de Almirón: un recorrido por la cárcel de Corrientes, donde el fotógrafo se mueve como en su casa y maneja a los presos como corderos, en su afán de mostrar al santo tatuado. Claro que Almirón tiene parientes devotos, y aunque se diga ateo, reconoce que existe "una cuestión iniciática, como los masones".
Insaurralde confirma: "No todo el mundo está dispuesto a escucharte ni a contarte cosas. En el interior del Chaco la gente mira el libro de reojo". Sin embargo el libro ya está en las librerías y hasta ganó el Premio a la Bibliodiversidad que otorga el Gobierno de Buenos Aires. "Creo —dice Almirón— que así como el arte africano impactó a Picasso o como el arte primitivo de Oceanía tiene su sala en el Metropolitan de Nueva York, los argentinos, podemos decir: ¡Caramba! parece que nosotros también tenemos lo nuestro". El libro da fe.
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